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Extractos del libro ENCUENTRO CON LA SOMBRA. El poder del lado oculto de la naturaleza humana
Edición a cargo de Connie Zweig y Jeremiah Abrams

EL PROBLEMA DEL MAL EN LA ACTUALIDAD
Carl G. Jung

(1RA PARTE)
Uno de los fundadores del psicoanálisis. Su principal interés se centró en el misterio de la conciencia, la
personalidad y los problemas espirituales que aquejan al hombre moderno. Entre sus numerosos libros
podemos citar: The Collected Works (en 20 volúmenes); Modern Man in Search of a Soul; Man and His
Symbols y su conocida autobiografía Memorias, Sueños y Reflexiones. Muchas de sus obras han sido
traducidas al castellano.
El mito cristiano permaneció inexpugnable durante todo un milenio hasta que en el siglo XI comenzaron a
advertirse los primeros síntomas de una transformación de la conciencia.1 A partir de ese momento, la
inquietud y la duda fueron en aumento hasta que, a fines del segundo milenio, vuelven apercibirse los
atributos de una c atástrofe mundial que ame naza a la conciencia. Esta amenaza consiste en una hipertrofia de la conciencia -una hubris, en otras palabras- que puede resumirse en la frase: «No hay nada superior al
hombre y sus hazañas». El mito cristiano ha perdido su trascendencia y, con ella, ha desaparecido también la noción de totalidad ultramundana propuesta por el Cristianismo.
A la Luz sigue la oscuridad, la otra cara del Creador, y este proceso ha alcanzado su punto culminante en el
siglo XX.
Esta emergencia del mal, cuya primera erupción violenta tuvo lugar en Alemania, coloca al Cristianismo
frente al mal (re presentado por la injusticia, la tiranía, la mentira, la esclavitud y la opresión de la conciencia) y revela hasta qué punto el Cristianismo ha sido socavado en el siglo XX. El mal ya no puede seguir justificándose con el eufemismo de la privatio boni y se ha convertido en una realidad determinante que ya no puede eliminarse del mundo por medio de una simple paráfrasis. A partir de ahora debemos aprender a controlarlo porque va a permanecer junto a nosotros aunque, de mo mento, resulte difícil concebir cómo podremos convivir con él sin experimentar sus terribles consecuencias.
En cualquier caso, lo cierto es que necesitamos una reorientación, una metanoia. Permanecer en contacto con el mal supone correr el riesgo de sucumbir a él. Sin embargo, ya no podemos seguir sucumbiendo, ni siquiera al bien. Un bien en el que «caemos» deja de ser un bien moral. No se trata de que se convierta en algo malo sino de que el mismo hecho de sucumbir puede generar todo tipo de problemas. Cualquier forma de adicción -ya se trate de la adicción al alcohol, a la morfina o al idealismo - es mala. Debemos dejar de pensar en el bien y el mal como términos absolutamente antagónicos. Debemos dejar de lado el criterio de la acción ética que considera que el bien es un imperativo categórico y que podemos soslayar el llamado mal. De este modo, al reconocer la realidad del mal necesariamente relativizaremos al bien y al mal y comprenderemos que ambos constituyen paradójicamente dos mitades de la misma totalidad.
En la práctica esto significa que el bien y el mal dejan de ser incuestionablemente evidentes y que debemos
caer en cuenta de que es nuestra propia valoración la que los hace tales. Sin embargo, todo juicio humano es
imperfecto y, por consiguiente, no podemos seguir creyendo ingenuamente en la infalibilidad de nuestros
juicios. El problema ético sólo se presenta cuando comenzamos a poner en cuestión nuestras valoraciones
morales. Pero que el «bien» y el «mal» sean re lativos no significa que se trate de categorías inválidas o inexistentes.
Por otra parte, sin embargo, continuamente nos vemos en la obligación de tomar decisiones morales
y de asumir las consecuencias psicológicas que necesariamente acompañan a nuestras decisiones. Como he
señalado en otras ocasiones, todo error cometido, pensado o deseado volverá nuevamente a nuestra alma. Los contenidos de nuestros juicios dependen del lugar y del momento y, por tanto, asumen formas muy diversas. Toda valoración moral se asienta en la aparente certidumbre de un código moral que pretende saber exactamente lo que es bueno y lo que es malo. Pero una vez que hemos descubierto lo inseguro de sus
fundamentos, cualquier decisión ética se convierte en un acto creador subjetivo.
Es imposible eludir el tormento de la decisión ética. No obstante, por más extraño que pueda parecer,
debemos ser lo suficientemente libres como para evitar el bien y para hacer el mal si nuestra decisión ética lo
requiere así. Dicho en otras palabras, no debemos caer en ninguno de los opuestos. En este sentido, el neti,
neti de la filosofía hindú nos proporciona un patrón moral sumamente útil. En determinados casos el código
moral se abroga y la decisión ética se deja en manos del individuo. Esto no es nada nuevo, en definitiva se
trata de una antigua idea conocida en la época prepsicológica como «conflicto de obligaciones».
Como norma general, sin embargo, el individuo es tan inconsciente que suele ignorar totalmente su propia
capacidad de elección y busca ansiosamente en el exterior normas y reglas que puedan orientar su conducta.
Gran parte de la responsabilidad de esta situación reside en la educación, orientada exclusivamente a repetir
viejas generalizaciones pero totalmente silenciosa respecto de los secretos de la experiencia personal. De este
modo, individuos que ni viven ni vivirán jamás de acuerdo con los ideales que proclaman, enseñan todo tipo
de creencias y conductas idealistas sabiendo de antemano que nadie va a cumplirlas y, lo que es todavía más
grave, nadie cuestiona siquiera la validez de este tipo de enseñanza.
Así las cosas, para obtener una respuesta al problema del mal en la actualidad es absolutamente necesario el
autoconocimiento, es decir, el mayor conocimiento posible de la totalidad del individuo. Debemos saber
claramente cuál es nuestra capacidad para hacer el bien y cuántas vilezas podemos llegar a cometer. Si
queremos vivir libres de engaños e ilu siones debemos ser lo suficientemente conscientes como para no creer
ingenuamente que el bien es real y que el mal es ilusorio y comprender que ambos forman parte constitutiva
de nuestra propia naturaleza.

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